La condición del corazón por Mariel Marcos

¿Cuántas veces en la angustia recurrimos al Señor?

Creo que cada uno de nosotros, en nuestros momentos de angustia, clamamos a nuestro Padre, sin embargo, el Salmo 77 expone una condición del corazón que nos impide tener ese gran intercambio con nuestro Padre; nuestra angustia por su paz, nuestro temor por su confianza, nuestra duda por su esperanza, nuestra incertidumbre por su certeza, nuestra dolor por su gozo.

El salmista en el versículo 2, claramente expone: “Cuando estoy angustiado, recurro al Señor; sin cesar elevo mis manos por las noches…”

Analizando este versículo se puede aprecia como esta persona recurrió al Padre y elevó sin cesar sus manos al Señor; visualice, si alguien hubiera visto a este salmista, diría que éste estaba listo para entrar en la presencia del Señor y recibir lo que el Señor tenía para él; el exterior estaba listo. Aún más allá, el versículo establece que acudió al Padre no una vez, sino que continuamente lo buscaba.

A pesar de aquello, hay un pero que resalta en ese versículo: … “pero me niego a recibir su consuelo”.  Fue la condición de su corazón que hizo que no recibiera el consuelo del Señor. La palabra de Dios promete que clamemos a Él y Él nos responderá (Jeremías 33:3), que pidamos y el nos dará, que busquemos y encontráremos, que llamamos y se nos abrirá (Mateo 7:7); nótese que los citados versículos no ponen una condicionante, sino  al contrario son palabras que se establecen como promesa y pacto.

Entonces, ¿Por qué muchas veces, tratamos de entrar en su presencia y salimos exactamente igual que como entramos? ¿Por qué tratamos de entrar, elevamos nuestras manos, nos ponemos en posición y simplemente no logramos salir de la distracción? Éste salmista nos da la respuesta, fue la condición de su corazón que no le permitió recibir el consuelo del Padre; es decir, es la condición de nuestro corazón la que no nos permite experimentar ese gran intercambio.

De dicho versículo resalta la palabra “me niego” y resulta ser impactante puesto que establece que somos nosotros quienes limitamos y bloqueamos a Dios; somos nosotros quienes nos negamos a recibir su perdón, su amor, su consuelo o cualquier cosa que necesitemos en ese preciso momento.

Sólo quiero recordarte la importancia de la condición de nuestro corazón cuando nos acercamos al Padre, si el corazón no tiene la condición correcta, tu alabanza, tu adoración y tu oración no prosperarán. ¿De qué sirve adorar a Dios de afuera hacia dentro? ¿De qué sirve elevar nuestras manos al Señor si nuestro corazón no estás dispuesto a Él? ¿Será esto caer en hipocresía y doble animo?

Hermanos, esto no es de afuera hacia adentro, es de adentro hacia fuera – esto es el fluir natural de la vida espiritual, todo comienza con nuestro corazón. No permitas que la condición de tu corazón te robe de lo que Dios, su Padre, tiene para ti.

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