Limpieza del Alma por Gabriela Morales

En los últimos meses entré en un proceso en el que me tuve que enfrentar a mí misma para “pasar de nivel” y seguir adelante, tuve que enfrentar lo que había dentro de mí para poder soltar las cargas y desencadenarme de lo que no le hacía bien a mi alma, y espíritu, para deslindarme de lo que impedía que tuviera paz y, por el contrario, me condenaba y me hacía débil cada día que pasaba. Es interesante ver cómo es que lo que no enfrentamos y solo vamos guardando (llámese rencor, envidia, tristeza, enojo, malos hábitos, etc.) nos va debilitando día a día(véase prov. 17:22; “El espíritu triste seca los huesos”). No puedo decir que es fácil reconocer lo que hay que mejorar en nosotros, al contrario, fue un proceso difícil en donde uno se topa con la vergüenza, el orgullo (rebeldía), la tristeza, el dolor, y otros tantos que tratan de hacer que uno mejor vuelva a guardar lo que tiene y lo vuelva a ignorar.

Al aceptar que es mejor depurar lo que se ha ido amontonando dentro de nosotros podemos ir comenzando a tomar ese valor para resolver cosas. Al estar decididos a limpiar nuestra alma el proceso comienza a fluir. Al estar en este fluir podemos ver y saber que la única manera en que nuestra alma se va a limpiar es confesando lo que nos sucede. Una de las cosas que aprendí es que para confesar lo que sentimos, primero hay que identificar y ponerle el nombre correcto a ese sentimiento y esto es la parte difícil, porque aquí es donde surge la vergüenza, orgullo etc. que mencionaba líneas arriba y que muchas veces no nos deja ponerle nombre ya que por supuesto, no es fácil decir que sentimos envidia, o que sentimos rechazo, o que sentimos rencor o tal vez otras cosas que consideramos peores, sin embargo si solo nos quedamos en que “nos sentimos tristes” o “nos sentimos intranquilos” no podremos ir a la causa raíz para arrancarla.

Otra de las cosas que descubrí es que, en el momento en el que fui “valiente” para estar en oración con Dios y confesar una a una las cosas por su nombre tal cual era, la carga que yo tenía se iba esfumando e irónicamente lo podía repetir N cantidad de veces sin pena, sin dolor, sin tristeza, y me iba llenando de gozo ¡hasta el punto de reír! aquí es donde descubrí y me sorprendí por el poder que tiene el confesar nuestros pecados y dejar nuestras cargas en el altar, al confesar y exponer nuestros sentimientos a la luz, nuestra carga se aligera y llega la sabiduría y la paz.

Puedo decir que lo que me ayudo a confesar mis sentimientos fue el saber que de todas maneras Dios ya sabía lo que había dentro de mí y que, aunque yo no pudiera confesarlo, no podía esconderlo, sin embargo, si yo no le daba “permiso” a Dios de obrar, todo iba a seguir en el mismo lugar; comprendí quecuando uno le pone nombre a lo que siente y piensa eso que sentimos y pensamos deja de tener dominio sobre nosotros porque queda expuesto a la luz y es mucho más fácil de enfrentar, todo en la luz es más fácil, ¡en las tinieblas no podemos ver para pelear!. Si realmente nos sentamos a platicar y a derramar nuestra alma a Dios todo irá fluyendo y podremos ir confesando poco a poco lo que sentimos y pensamos con las palabras correctas, con el nombre correcto de cada sentimiento, de esa manera las cadenas se irán rompiendo y podemos avanzar, al confesar y pedir perdón y ayuda a Dios para sanar y seguir adelante, mis “gigantes” se iban haciendo pequeños y vencibles, quedaban vencidos de inmediato. Véase Santiago 4: 6,8 (“Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes (…) Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones”). Al acercarnos a Dios con humildad y conciencia para confesar nuestras faltas, cargas, etc. Él nos da gracia y podemos purificarnos y limpiar nuestra alma lo cual nos encarrilará en el camino de ser mejores personas, regresaremos a sus caminos.

Estoy segura de que hay un largo camino por recorrer y seguramente seguirán saliendo más cosas que limpiar y sanar, enfrentarse a uno mismo es una tarea difícil pero lo importante es saber que es posible y que, si nos quedamos ignorando lo que hay dentro de nosotros puede causar que nos alejemos de Dios.

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